La clase feminista

Con frecuencia las clases donde examinamos cuestiones vinculadas al feminismo, algo que sucede semanalmente en la nueva materia que he comenzado a dictar en compañía de una querida colega en la Universidad de San Andrés, derivan en comentarios y reflexiones profundamente personales, íntimas en ciertos casos. Pero quiero ser más específica.

Es una clase absolutamente femenina. Una clase propia.

Leonor Fini, La fête secrète, 1964.

Alguna vez me burlé de esta situación de confesión, antes de comprender su riqueza, descartándola como “momento de autoayuda”. Mi única excusa es la juventud. Pero, por supuesto, hay algo de negligencia patriarcal en desechar ese tiempo de enunciación de un problema, de una incomodidad, de un descubrimiento personal. De a poco, me voy librando de estos vicios. El espacio de una clase feminista es uno de aprendizaje permanente.

La semana pasada la discusión sobre la representación de los nuevos espacios de consumo abiertos en la Francia decimonónica dieron paso a una queja generalizada frente a los modos en los que la publicidad argentina actual presenta los vínculos (pretendidamente ineludibles, pretendidamente naturales, pretendidamente feministas también) entre mujer y consumo desenfrenado.

Por supuesto, estos momentos de desahogo remiten a los grupos de concienciación feminista. Nunca lo había pensado de ese modo, pero esa “metodología” feminista resurge en cada clase. Es en verdad una fiesta secreta.

 

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