Fin de curso, fin de fiesta

Mi universidad mantiene una política curiosa: al final de cada curso, los estudiantes evalúan el desempeño docente. Hay puntos que me parecen relevantes de esta evaluación, pues creo que mantener el respeto por lo estudiantes o llegar temprano son parte del ABC de la docencia. Hay muchos elementos de la encuesta que me desconciertan, sobre todo aquellos que están tabulados y cuya calificación es numérica. En cambio, hay otros que me fascinan. La parte más importante y más reveladora está compuesta por los comentarios “libres”.

Cada fin de curso está acompañado por el ritual desgastante de revisar mis encuestas. No sé qué importancia otorgarles, pero sí sé que tienen un efecto sobre mi autoestima. Inmediato.

Ayer revisé las evaluaciones que han hecho mis estudiantes de mi desempeño, del de mi compañera y del varios aspectos de la cursada de la materia de género. Pero, como siempre, los comentarios libres son lo que deslumbran, conmueven, irritan, exasperan o (me) callan.

Una estudiante escribe, a modo de síntesis del curso: “Me cuesta definir un contenido concreto de incorporación de conocimiento, pero te cambia la forma de mirar el mundo, ya que el género es un tema que nos atraviesa en su totalidad.”

Y, pienso, entonces estuvo bien. Entonces, a no dudarlo, fue un buen curso. Y, entonces, hay que mejorar y cambiar cosas, pero hay un espíritu (y como diría Saxl, perdonen la palabra) que debe permanecer. Cortamos cabezas.

Andrea Mantegna (o seguidor), Judith con la cabeza de Holofernes, 1495/1500.

El objetivo general está cumplido, ¿no? “Te cambia la forma de mirar el mundo”. “Te cambia la forma de mirar el mundo”. “Te cambia la forma de mirar el mundo”.

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