Emigrantes

El viernes pasado tuve la dicha de hablar sobre Maruja Mallo en el Centro Galicia.

Maruja Mallo, Cabeza de mujer, 1941.

Qué maravillosa Mallo. Activa en Buenos Aires entre 1937 y 1962, pintó, expuso y escribió en esta ciudad. Y, mientras ingresaba sus datos en la Base, me di cuenta de que su condición de mujer emigrante no estaba destacada. Por eso, en honor a Maruja Mallo y a todas las mujeres que se mueven por el mapa, inauguré una nueva etiqueta: “Emigrante”.

I’m an alligator

Me doy cuenta, de a poco, que mi trabajo es la escritura. Estoy hace meses preparando una entrada con el tema, pero nunca logro terminar de cerrarla y publicarla. Creo que tiene que ver, de algún modo, con mi reticencia a poner en palabras qué significa la escritura en la vida de una investigadora/docente. Porque esta escritura, la que se me pide, es algo tan placentero como limitante.

Hay un hecho que motiva estas líneas: quiero escribir algunas reflexiones sobre la muestra Bowie by Mick Rock. El tema es que el sistema de “puntos” en el que me encuentro inmersa simplemente no puede ni comprender ni absorber ni contabilizar un texto como el que quiero escribir. El género “escrito académico” bloquea ciertas expresiones: son “perder el tiempo”.


Plenamente.

Quiero escribir un texto imposible de someter al ordenamiento de los “puntos”, de las “revistas indexadas”, de los “referatos”. Quiero escribir un texto sobre un conjunto de emociones (desordenadas sí, pero también con cierta fundamentación teórica… si me obligan) despertadas por esta muestra.


David Bowie maquillándose en el espejo redondo (Escocia, 1973).

Qué impactante Bowie, qué impactante su colaboración con Mick Rock. El terreno de la cultura joven en los ’60 fue una construcción tan heterosexual que Bowie y sus contemporáneos parecen salidos de otro universo: uno más lúdico, más libre y más brillante.

La muestra incluyó una amplia selección de fotografías y los tres videos que Rock realizó en los tempranos ’70. Life on Mars se destaca en este corpus: es un video de una simpleza engañosa. Fue filmado, sabemos, antes de un recital. Bowie está súper-elegante con su delicioso traje entalladísimo y exhibe un maquillaje absurdamente bello.

El maquillaje es un tema recurrente en las fotografías de Rock: el laboratorio del hombre moderno (parafraseando a Tamar Garb) es uno de los lugares de la “intimidad” más consistentemente explorados por Rock.


Más Bowie, más maquillaje.

La producción de sí, la metamorfosis de Bowie en otra cosa, es el resultado de pigmentos aplicados cuidadosamente. We’re born naked and the rest is drag, claro. Ru Paul tiene razón.

Algunas imágenes exhiben la precariedad de la trastienda de Bowie en estos años tempranos: los potes de maquillaje pierden la magia. Están rodeados de bananas, botellas y mugre. Pero, en otras ocasiones, Rock pone el foco en ese rostro en proceso de transfiguración y logra imágenes de una concentración notable.


David Bowie maquillándose en el espejo (1973).

Los ámbitos en los que se desarrollan muchas de estas imágenes son la antítesis del glam rock: una tabla de planchar, un piso de dudosa limpieza y muchos cigarrillos. Mick Rock arma y desarma las múltiples encarnaciones de Bowie. ¿Quién es el “auténtico” Bowie? ¿El que toma de un vasito de papel o el que luce, deslumbrante, la capa de Kansai Yamamoto?


Otro Bowie.

Mick Rock nos invita a cuestionar el mito de Bowie que él mismo contribuyó a construir: “Tengo fotografías de David comiendo, tomando café, fumando un cigarrillo y preparándose antes de subir al escenario. También tengo fotos de él durmiendo.” Queremos verlas todas: queremos ver a Bowie transformándose con la herramienta precaria del maquillaje, queremos ver a Bowie mirando de reojo a la eterna Cyrinda Foxe en The Jean Genie y queremos ver a Bowie brillando. 


David Bowie y Cyrinda Foxe en Beverly Hills (1972).

Gracias por cumplirnos el deseo. Amamos a Bowie y amamos ese territorio de libertad que fue el glam rock.

Más etiquetas…

La Base de datos, que estará disponible en algunas semanas en su primera versión, tiene un nuevo tipo de etiquetas: las historiográficas. Entiendo que es una decisión tan virtuosa como difícil, pero puedo explicarlo. Siento que estoy haciendo heroico, como la esposa de Asdrúbal, antes de degollar a sus hijos y tirarse hacia las ruinas de un templo en llamas, claro.


Ercole de’ Roberti, La esposa de Asdrúbal y sus hijos, 1490/1493.

 Quiero explicar un poco mejor este nuevo elemento y sus alcances. Parte de los fundamentos de mi tema de investigación actual (mujeres artistas en las décadas de 1920 y 1930) pasa por el cuestionamiento a los modos de inscripción de estas mujeres en la literatura canónica, algo que comencé a hacer para mi tesis (ahora Trazos invisibles). Me había parecido que las peor paradas eran las artistas de fines del siglo XIX, pero las de las décadas de 1920 y 1930 tampoco fueron reconocidas… Y, sí, estoy usando un eufemismo.


Mi estante de historias generales.

Por ahora voy a considerar algunos libros fundamentales, cuya selección tengo que pensar detalladamente. Por supuesto, aquellos textos que trabajé en Trazos invisibles y que me han brindado elementos para evaluar el peso asignado a las mujeres como creadoras culturales. ¿Vale la pena incorporar algunos textos más recientes? Voy pensando estos temas mientras sigo cargando datos, terminando textos y retocando programas…


Jean-Honoré Fragonard, Joven leyendo, 1770.

Arte y feminismo en los años 70… ¿fuera de mi área?

Hace algunos años, cuando un colega me convocó para escribir sobre  Alma, Silueta en Fuego de la enorme Ana Mendieta, una persona me advirtió que el arte contemporáneo estaba fuera de mi competencia, pues yo me dedicaba (y me dedico) al arte de fines del siglo XIX y del temprano siglo XX. Hace algunos meses, cuando me pidieron una reseña de una muestra de arte contemporáneo para Estudios Curatoriales, esa censura me volvió a pesar.

Lynda Benglis, publicidad en Artforum, 1974.

Pero la docencia ya ocupaba un lugar creciente en mi vida y con ella ha venido un renovado sentido de confianza en mí. Porque enseñar es siempre aprender, sin dudas y sin exageraciones.

(No estoy abogando por la “libre enseñanza”… Me gusta que la gente que da clases sea experta en algo, pero tampoco creo que los micro-temas de especialización sean el material más valioso de transmisión. Pienso en esto mientras preparo la nueva versión del curso de género.)

 

 

 

Que un hombre me explique, por favor…

En estos días me encuentro revisando los apuntes y decisiones que moldearon las unidades de arte de Género y Cultura, pues estoy escribiendo una memoria sobre este curso decisivo en mi vida como docente para el panel Global Conversation I: “Unsettling the Discipline; Decolonizing the Curriculum” , en CAA.

Cualquier reflexión sobre género va de las imágenes a las palabras, de los hechos a las teorías, de lo mínimo a lo totalizador.


“I’m sorry, Jeannie, your answer was correct, but Kevin shouted his incorrect answer over yours, so he gets the points.” (“Disculpame, Jeannie, tu respuesta era correcta, pero Kevin gritó su respuesta incorrecta arriba de la tuya, así que él recibe los puntos”; Joe Dator en The New Yorker).

En esta coyuntura, días pasados experimenté por enésima vez el mansplaining: en una reunión de trabajo todos mis comentarios fueron “retomados” por un colega varón, para ser recibidos con grandes festejos (huelga decir que un minuto antes, cuando yo los hacía, eran basura irrelevante). El varón luego me explicaba los enormes descubrimientos que acaba de hacer. Todo este circo era coordinado por una mujer, muy cómoda con su celebración de la masculinidad. Y, por si quedaban dudas, los colegas varones se despedían diciendo “You’re the man”.

En esos momentos me doy cuenta de que el feminismo me ha salvado la vida.

CSV

Y finalmente lo entendí: valores separados por comas. Es allí donde radica la factibilidad del ingreso de datos de tantas, tantas artistas, en un período de dos décadas.

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Me moví de etapa, para que mi investigación actual se vea beneficiada por el encanto de Omeka. Me moví de sistema, intentando usar los CSV para agilizar el proyecto. Por ahora, en unos meses de trabajo, tengo datos listos para subir de más de doscientas artistas. Presenté mis avances en las jornadas de humanidades digitales, donde fue muy bien recibido (hacía mucho que no notaba tanto interés en un congreso).

Con esta carga de datos surge la antigua pregunta, actualizada por la charla con mis estudiantes de TAREA el año pasado: ¿debo hacer pública o no esta investigación, en esta fase inicial? El problema, lejos de ser parte de la paranoia propia de la pesquisa, atañe a la propia naturaleza de las humanidades digitales, cuya difusión aspira a ser muchísimo mayor que la de un artículo publicado en unas oscuras actas o la de una revista impresa cuya tirada total fue de tres ejemplares.

Que quede claro: la respuesta es que sí. Esta investigación contó con financiación pública. Y allí debe volver.

Fin de curso, fin de fiesta

Mi universidad mantiene una política curiosa: al final de cada curso, los estudiantes evalúan el desempeño docente. Hay puntos que me parecen relevantes de esta evaluación, pues creo que mantener el respeto por lo estudiantes o llegar temprano son parte del ABC de la docencia. Hay muchos elementos de la encuesta que me desconciertan, sobre todo aquellos que están tabulados y cuya calificación es numérica. En cambio, hay otros que me fascinan. La parte más importante y más reveladora está compuesta por los comentarios “libres”.

Cada fin de curso está acompañado por el ritual desgastante de revisar mis encuestas. No sé qué importancia otorgarles, pero sí sé que tienen un efecto sobre mi autoestima. Inmediato.

Ayer revisé las evaluaciones que han hecho mis estudiantes de mi desempeño, del de mi compañera y del varios aspectos de la cursada de la materia de género. Pero, como siempre, los comentarios libres son lo que deslumbran, conmueven, irritan, exasperan o (me) callan.

Una estudiante escribe, a modo de síntesis del curso: “Me cuesta definir un contenido concreto de incorporación de conocimiento, pero te cambia la forma de mirar el mundo, ya que el género es un tema que nos atraviesa en su totalidad.”

Y, pienso, entonces estuvo bien. Entonces, a no dudarlo, fue un buen curso. Y, entonces, hay que mejorar y cambiar cosas, pero hay un espíritu (y como diría Saxl, perdonen la palabra) que debe permanecer. Cortamos cabezas.

Andrea Mantegna (o seguidor), Judith con la cabeza de Holofernes, 1495/1500.

El objetivo general está cumplido, ¿no? “Te cambia la forma de mirar el mundo”. “Te cambia la forma de mirar el mundo”. “Te cambia la forma de mirar el mundo”.

Trazos invisibles existe

El día llegó. Hay doscientos libros cuya portada dice mi nombre y un título. ¿Publiqué un libro o publiqué mi libro? Publiqué mi libro, el libro que quise y pude escribir.

Un libro propio.

El Facebook me dice que hay más de doscientas personas que “aman” la fotografía de varios ejemplares de mi libro que subí a mi perfil . Varias decenas de personas me escribieron para preguntarme dónde pueden conseguirlo en Buenos Aires, Rosario o Santiago de Chile. Estoy ansiosa. ¿Tiene público el libro publicado?

Berthe Morisot, La madre y la hermana de la artista, 1869/1870.

Trato de imaginarlos, de imaginarlas. ¿Quiénes son, qué esperan de este libro, por qué gastarían plata y tiempo en él? Compartimos algo: una inquietud, un malestar, frente a la invisibilización de las mujeres en las historias del arte. ¿Compartiremos la dicha de hallarlas ocupadas en pintar, dibujar, esculpir? Ojalá.

 

La clase feminista

Con frecuencia las clases donde examinamos cuestiones vinculadas al feminismo, algo que sucede semanalmente en la nueva materia que he comenzado a dictar en compañía de una querida colega en la Universidad de San Andrés, derivan en comentarios y reflexiones profundamente personales, íntimas en ciertos casos. Pero quiero ser más específica.

Es una clase absolutamente femenina. Una clase propia.

Leonor Fini, La fête secrète, 1964.

Alguna vez me burlé de esta situación de confesión, antes de comprender su riqueza, descartándola como “momento de autoayuda”. Mi única excusa es la juventud. Pero, por supuesto, hay algo de negligencia patriarcal en desechar ese tiempo de enunciación de un problema, de una incomodidad, de un descubrimiento personal. De a poco, me voy librando de estos vicios. El espacio de una clase feminista es uno de aprendizaje permanente.

La semana pasada la discusión sobre la representación de los nuevos espacios de consumo abiertos en la Francia decimonónica dieron paso a una queja generalizada frente a los modos en los que la publicidad argentina actual presenta los vínculos (pretendidamente ineludibles, pretendidamente naturales, pretendidamente feministas también) entre mujer y consumo desenfrenado.

Por supuesto, estos momentos de desahogo remiten a los grupos de concienciación feminista. Nunca lo había pensado de ese modo, pero esa “metodología” feminista resurge en cada clase. Es en verdad una fiesta secreta.