CSV

Y finalmente lo entendí: valores separados por comas. Es allí donde radica la factibilidad del ingreso de datos de tantas, tantas artistas, en un período de dos décadas.

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Me moví de etapa, para que mi investigación actual se vea beneficiada por el encanto de Omeka. Me moví de sistema, intentando usar los CSV para agilizar el proyecto. Por ahora, en unos meses de trabajo, tengo datos listos para subir de más de doscientas artistas. Presenté mis avances en las jornadas de humanidades digitales, donde fue muy bien recibido (hacía mucho que no notaba tanto interés en un congreso).

Con esta carga de datos surge la antigua pregunta, actualizada por la charla con mis estudiantes de TAREA el año pasado: ¿debo hacer pública o no esta investigación, en esta fase inicial? El problema, lejos de ser parte de la paranoia propia de la pesquisa, atañe a la propia naturaleza de las humanidades digitales, cuya difusión aspira a ser muchísimo mayor que la de un artículo publicado en unas oscuras actas o la de una revista impresa cuya tirada total fue de tres ejemplares.

Que quede claro: la respuesta es que sí. Esta investigación contó con financiación pública. Y allí debe volver.

Fin de curso, fin de fiesta

Mi universidad mantiene una política curiosa: al final de cada curso, los estudiantes evalúan el desempeño docente. Hay puntos que me parecen relevantes de esta evaluación, pues creo que mantener el respeto por lo estudiantes o llegar temprano son parte del ABC de la docencia. Hay muchos elementos de la encuesta que me desconciertan, sobre todo aquellos que están tabulados y cuya calificación es numérica. En cambio, hay otros que me fascinan. La parte más importante y más reveladora está compuesta por los comentarios “libres”.

Cada fin de curso está acompañado por el ritual desgastante de revisar mis encuestas. No sé qué importancia otorgarles, pero sí sé que tienen un efecto sobre mi autoestima. Inmediato.

Ayer revisé las evaluaciones que han hecho mis estudiantes de mi desempeño, del de mi compañera y del varios aspectos de la cursada de la materia de género. Pero, como siempre, los comentarios libres son lo que deslumbran, conmueven, irritan, exasperan o (me) callan.

Una estudiante escribe, a modo de síntesis del curso: “Me cuesta definir un contenido concreto de incorporación de conocimiento, pero te cambia la forma de mirar el mundo, ya que el género es un tema que nos atraviesa en su totalidad.”

Y, pienso, entonces estuvo bien. Entonces, a no dudarlo, fue un buen curso. Y, entonces, hay que mejorar y cambiar cosas, pero hay un espíritu (y como diría Saxl, perdonen la palabra) que debe permanecer. Cortamos cabezas.

Andrea Mantegna (o seguidor), Judith con la cabeza de Holofernes, 1495/1500.

El objetivo general está cumplido, ¿no? “Te cambia la forma de mirar el mundo”. “Te cambia la forma de mirar el mundo”. “Te cambia la forma de mirar el mundo”.

Trazos invisibles existe

El día llegó. Hay doscientos libros cuya portada dice mi nombre y un título. ¿Publiqué un libro o publiqué mi libro? Publiqué mi libro, el libro que quise y pude escribir.

Un libro propio.

El Facebook me dice que hay más de doscientas personas que “aman” la fotografía de varios ejemplares de mi libro que subí a mi perfil . Varias decenas de personas me escribieron para preguntarme dónde pueden conseguirlo en Buenos Aires, Rosario o Santiago de Chile. Estoy ansiosa. ¿Tiene público el libro publicado?

Berthe Morisot, La madre y la hermana de la artista, 1869/1870.

Trato de imaginarlos, de imaginarlas. ¿Quiénes son, qué esperan de este libro, por qué gastarían plata y tiempo en él? Compartimos algo: una inquietud, un malestar, frente a la invisibilización de las mujeres en las historias del arte. ¿Compartiremos la dicha de hallarlas ocupadas en pintar, dibujar, esculpir? Ojalá.

 

La clase feminista

Con frecuencia las clases donde examinamos cuestiones vinculadas al feminismo, algo que sucede semanalmente en la nueva materia que he comenzado a dictar en compañía de una querida colega en la Universidad de San Andrés, derivan en comentarios y reflexiones profundamente personales, íntimas en ciertos casos. Pero quiero ser más específica.

Es una clase absolutamente femenina. Una clase propia.

Leonor Fini, La fête secrète, 1964.

Alguna vez me burlé de esta situación de confesión, antes de comprender su riqueza, descartándola como “momento de autoayuda”. Mi única excusa es la juventud. Pero, por supuesto, hay algo de negligencia patriarcal en desechar ese tiempo de enunciación de un problema, de una incomodidad, de un descubrimiento personal. De a poco, me voy librando de estos vicios. El espacio de una clase feminista es uno de aprendizaje permanente.

La semana pasada la discusión sobre la representación de los nuevos espacios de consumo abiertos en la Francia decimonónica dieron paso a una queja generalizada frente a los modos en los que la publicidad argentina actual presenta los vínculos (pretendidamente ineludibles, pretendidamente naturales, pretendidamente feministas también) entre mujer y consumo desenfrenado.

Por supuesto, estos momentos de desahogo remiten a los grupos de concienciación feminista. Nunca lo había pensado de ese modo, pero esa “metodología” feminista resurge en cada clase. Es en verdad una fiesta secreta.

 

Bellezas

Durante los últimos años mi vida profesional pasó por el relevamiento de decenas de publicaciones periódicas de fines del siglo XIX e inicios del XX. Acicateada por esta experiencia y por muchas lecturas sobre la representación del cuerpo en el siglo XIX (Nochlin, Berger), ignoraba hasta qué punto nuestras ideas y prácticas sobre la belleza femenina tienen una fecha de nacimiento mucho más clara en las décadas de 1920 y 1930. En efecto, son relativamente pocas las normas de belleza de ese período que parecen perimidas, peligrosas o simplemente absurdas.

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Iré poniendo en orden estas ideas. Por el momento, me maravillo de la vasta aceptación que encuentra todo este aparato de control.

Conformarse

Entusiasmada por las discusiones del foro online de CAA sobre la enseñanza de la historia del arte, quiero reflexionar un poco sobre mi experiencia en los estudios de género, que son después de todo el único tema del que me siento medianamente capacitada para hablar.

Entre 2012 y 2014 dicté anualmente, junto a una colega, seminarios de grado sobre la crítica feminista a la historia del arte en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Cada año contamos con la entusiasta participación de un nutrido grupo de estudiantes, no sólo de Artes sino también de otras carreras (Letras, Antropología e Historia). En casi todos los casos, pero especialmente de forma notable en las estudiantes de Artes, existía un deseo no satisfecho por el curriculum de las carreras: la exploración de la noción de “género” como herramienta de análisis crítico de la cultura. Año tras año las estudiantes me contaban, en nuestra primera clase, que en la carrera se estudiaba a Frida Kahlo, a Tarsila do Amaral y que en Plástica IV habían visto una obra de Artemisia Gentileschi. Adicionalmente, las estudiantes suspiraban por la clase (única) dedicada al tema en Historiografía, un recuerdo que atesoraban.

Fue un sacerdocio gustoso, donde mi trabajo era apreciado, pero a la vez, simplemente devaluado por las condiciones generales en las que se insertaba. El sitio al que podía aspirar dentro de la formación global de las estudiantes era nulo.

Nicolas de Largillière, Elizabeth Throckmorton, 1729.

Esta realidad, que sin dudas cambiará de la mano de las enormes figuras intelectuales que tiene la Universidad de Buenos Aires, me hace pensar en cuán afortunada soy de haber hallado en una universidad (muy poco proclive a ser vista como progresista por diversos círculos “intelectuales”) un espacio de enseñanza y reflexión sobre los cruces entre estudios de género y las artes visuales.

(Sin ir más lejos: ayer estaba charlando con una persona a quien acababa de conocer, antropóloga, egresada de la Universidad de Buenos Aires. Mencioné que tenía que dar clases al día siguiente. La persona me preguntó si daba clases en la Universidad de Buenos Aires. Cuando dije que no y comenté que doy clases en la Universidad de San Andrés, lanzó una especie de risita despectiva y me dijo que a veces había que conformarse. En fin. Me “conformo” con ser parte de una materia de grado dedicada íntegramente a los estudios de género.)

 

 

Ídolos y guardianes

En estos días estoy participando en una discusión online sobre enseñanza de historia del arte. Es la primera vez que tengo oportunidad de reflexionar sobre el más bello desafío que me ha dado la Universidad de San Andrés: formar parte de una materia de grado dedicada a los estudios de género, el arte y la literatura.

En nuestra universidad las humanidades integran la formación de todos los estudiantes. Por lo tanto, mis estudiantes son futuras abogadas, politólogas, economistas y, en menor medida, graduadas en humanidades. La mayor parte de ellas han tomado el curso de manera electiva. Están aquí porque quieren. Eso es simplemente hermoso.

La diversidad del grupo me generaba dudas: ¿estarían preparadas para absorber, para aprovechar, para cuestionar los debates entre los estudios de género y la historia del arte? Mis dudas se disiparon muy rápidamente. Mis estudiantes son flexibles. Están abiertas a todos los temas. Charlan, discuten, se conmueven.

Más que nunca cuestiono a los guardianes disciplinares, a aquellos personajes que reclaman la endogamia disciplinar. Con razón, en medio de este sistema, tenemos tantas ideas tontas.

Giovanni D’Alemagna, Santa Apolonia destruye un ídolo pagano, circa 1442-1445.

Para mí admitir este estado de cosas significa desandar parte de mi camino de formación, pues la insistencia en los límites disciplinares fue una parte importante de ella.

Entonces, me subo a la escalerita con una maza y rompo todo.
 

Payasadas

Estoy dando los últimos toques a la clase que daré este miércoles en el marco de la materia Arte argentino y latinoamericano del siglo XIX. Nervios aparte, pensar en qué tengo para trasmitir (“la pepita de verdad”, como diria Virginia) me lleva a una consideración bastante positiva de mi trabajo… Pero quiero explicarme bien. No quiero decir pavadas o hacer payasadas.

Rudolf Spohn, Autorretrato como payaso, 1930.

En 2008, cuando terminé mi carrera de grado, me debatía en la incertidumbre más absoluta. Pero tenía una idea clara: no quería investigar sobre la obra de Berni, Spilimbergo, Pettoruti, Basaldúa, Butler, Maldonado… Podría continuar con los nombres que no me interesaban. En principio, me interesaba bucear en un grupo de nombres que desconocía.

No sé cuáles son los méritos de mi trabajo. Con mucha frecuencia pienso que su única virtud reside en no haber continuado indagando en dirección de una narrativa maestra que se ha demostrado incapaz de incorporar a centenares de mujeres.

Esto no me parece una payasada.

 

 

Clases (o cómo seguir amando la docencia)

Me encuentro en una encrucijada. Mi bello proyecto de humanidades digitales avanza lentamente. Muy lentamente, es indudable.

En el medio, tengo que afrontar grandes responsabilidades docentes. No lo pongo en términos pomposos. Creo honestamente que dar clases es una enorme responsabilidad.

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Este semestre estoy cumpliendo uno de mis sueños: junto a una gran docente e investigadora hemos iniciado una materia de grado dedicada a la reflexión en torno al género, la literatura y el arte. Cada clase es un bello desafío, un momento en que me enfrento a un grupo de estudiantes tan curiosas como brillantes.

En el medio… mi proyecto de humanidades digitales. Se viene el congreso de la Asociación Argentina de Humanidades Digitales  y no sé si tengo avances que presentar.