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Los artículos de los tres años y los tres meses

En marzo de 2015 pasaron varias cosas. Me doctoré, en una defensa difícil e injusta. Se luchó y se ganó. Digamos. No voy a mentir: se dijeron cosas horribles de mi trabajo, incluyendo el inolvidable “no me gusta tu escritura” (sic). Ahí me enteré de que una tesis doctoral tenía que ser una obra literaria. Claro. Algún día voy a escribir largamente sobre el tema, pues hay abusos que no pasan de moda, pero hoy no es el momento. Me quedo impasible, como la esposa de Jan Cornelisz Verspronck.

Jan Cornelisz Verspronck, La esposa.

En el 2015 también empecé a escribir dos textos. Eran dos ponencias, una sobre las mujeres artistas en los Salones Nacionales y la otra, sobre los desnudos ejecutados por mujeres. Digo sin tapujos, sin vergüenzas y sin rencores que tardé tres años y tres meses en terminarlos. Sí, tres años y tres meses en enviarlos a las célebres revistas indexadas. Uno de ellos ya fue publicado. El otro aguarda su evaluación.

En un intento por salvar mi honor y mi “productividad académica”, tengo que decir que son artículos largos, de más de treinta páginas y con una multiplicidad de ilustraciones, datos nunca antes publicados y nuevos enfoques. Seguramente no alcanza, claro. Nunca alcanza lo que leemos, lo que relevamos y lo que escribimos. Habría que ser como la Magdalena que lee, por supuesto: ordenada e inmutable .

Piero di Cosimo, Santa María Magdalena leyendo.

Escribo estas líneas porque hace algunos meses un varón me explicaba que él produjo tres artículos en tres meses. En fin. No lo puedo hacer. Ni dejando de dormir, de comer y de bañarme alcanzaría estas cuotas de “productividad”. Sé que somos muchas las personas inquietas por la tiranía de la publicación compulsiva, pues pensamos que no fomenta la excelencia que declama. Por eso, lo digo: tardé tres años y tres meses en cerrar los artículos. Y podría haber seguido puliéndolos.