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El pasado de las mujeres (artistas)

Hace mucho tiempo que quiero escribir acerca de dos problemas de la investigación en torno a las mujeres artistas. Hoy lo hago inspirada por boba, revista para la cual escribí un ensayo breve sobre el tema hace algunas semanas.

Como no me gusta escribir acerca de lo aquello sobre lo que nada sé, me voy a mantener en territorio firme. Mis arenas movedizas me rodean, pero me siento segura reflexionando en torno a dos confusiones metodológicas en los estudios referidos a mujeres artistas argentinas, particularmente relevantes en lo que respecta al período comprendido entre fines del siglo XIX e inicios del XX.

Como este cuarto propio está mediando entre lo público y lo privado, pivoteando entre el discurso articulado y la sensación corporal de advertir un problema en la investigación, me puedo dar el gusto de simplemente escribir, digamos sin notas al pie y sin estados del arte. Permítanme explicarme.

La primera cuestión que quiero abordar tiene que ver con la importancia siempre candente y urgente de los pasados de las mujeres. La segunda tiene que ver con los relatos sobre los pasados de las mujeres y con sus descendencias.

Alfred Stevens, En el estudio, 1888.

En primer lugar, quiero señalar que quienes nos dedicamos al estudio de la actividad múltiple de las mujeres en torno a fines del siglo XIX y principios del XX sabemos cuán compleja fue su participación en la escena artística. ¿Será por eso que me molestan tanto las heroínas artísticas de la década de 1920? En el contexto argentino, Norah Borges y Raquel Forner brillan solitarias…

No quiero ser excesivamente dura, pero escindir la actividad de las artistas consideradas renovadoras de sus antecesoras es un error metodológico severo y, además, una profunda injusticia. Como creo que la valoración de los aportes de las mujeres artistas debe estar anclada en una cierta idea de justicia (“set things right”, en palabras de las enormes Norma Broude y Mary D. Garrard), sostengo que el ocultamiento de las mujeres del “pasado” sigue cercenando a las mujeres de la historia y sigue presentando sus logros culturales como fuera de orden.

Los ejemplos de este problema metodológico son múltiples, como puede inferirse. No quiero dar nombres, más por brevedad que por miedo a imaginarias revanchas académicas.

Quiero referirme a mi segundo punto: el valor del estudio de la literatura artística del pasado para comprender los lugares habilitados a las mujeres en las historias del arte. Este es un segundo error metodológico y conceptual tan severo como común: pensar que la literatura artística del pasado no tiene conexión con las valoraciones presentes de la actividad de las mujeres. La historia del arte versa tanto sobre las imágenes y sus creadores como sobre las palabras que fueron dichas sobre esas imágenes y esos creadores. Y también, claro está, versa sobre las palabras que nunca fueron dichas sobre esas imágenes y esos creadores.

 

Invisible, indivisible. Y estratégica

La investigación es rara, entre otras muchas cosas que tengo para decir.

Iba a escribir una larguísima entrada sobre una injusticia flagrante que me ha sucedido días pasados. Una muy visible. De esas que te dejan una marca y que te obligan a preguntarte para qué te metiste en esto. Con las oportunidades que había en la floricultura. Una injusticia que involucra, además, un tema de investigación muy querido para mí.

Pero, por suerte, una investigadora (más sabia) me dijo que no lo hiciera. Que tenía que ser estratégica. Así que no digo nada. Y me quedo esperando que se confirme para poder, ahí sí, gritar desde aquí o ver cómo sumarme al enemigo, quién te dice…